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La infancia no vuelve
¿Y si, en lugar de adelantarnos al mañana, les acompañáramos a vivir plenamente su hoy?
Prepararles para el futuro no es acelerar la infancia
Queremos preparar a nuestros hijos para el futuro.
Queremos que estén listos, que no sufran, que sean fuertes, que tengan oportunidades.
Pero a veces, sin darnos cuenta, les estamos haciendo vivir el futuro antes de tiempo. Les llenamos los días de clases, pantallas, deberes y prisas.
Les enseñamos a competir, a rendir, a comportarse como adultos cuando aún deberían estar construyendo su niñez.
Y en ese intento de “prepararlos”, les robamos lo más importante: el derecho a ser niños ahora.
Cada vez hay menos tiempo para el juego libre, ese en el que no hay objetivos ni reglas, solo imaginación, risas y tierra en las rodillas.
Cada vez hay menos creatividad, porque lo tienen todo hecho: juguetes que hablan, vídeos que deciden por ellos, aplicaciones que piensan en su lugar.
Y así, poco a poco, van perdiendo la capacidad de inventar, de explorar, de aburrirse, de crear.
Las niñas, además, crecen rodeadas de mensajes que las empujan a parecer mayores antes de serlo: ropa, canciones, redes y modelos que las invitan a ser admiradas más por su aspecto que por su alegría o su inteligencia.
Se les roba la inocencia y se les enseña a mirarse con ojos ajenos demasiado pronto.
Mientras tanto, el mundo digital les habla todo el tiempo, pero no siempre con ternura: les llena de miedo, de exigencias, de comparaciones, de noticias tristes y de imágenes que no pueden digerir.
Y entre tanto ruido, se apaga algo que no debería apagarse nunca: la alegría de existir sin miedo, la curiosidad de descubrir sin prisa.
Prepararles para el futuro no es eso. No es hacerles saltar etapas, ni adelantar la vida, no es hacerles ser adultos antes de tiempo.
De hecho, en un mundo que valora cada vez más la creatividad, la autonomía, la adaptabilidad, el pensamiento crítico, la inteligencia emocional y la colaboración, las pautas que aquí proponemos —tiempo de juego libre, de curiosidad, de conexión, de alegría y de inocencia— no son una pausa en su desarrollo, sino el terreno fértil donde germinan las habilidades que más necesitarán mañana:
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El juego libre despierta la creatividad y la resolución de problemas.
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La curiosidad sin prisa alimenta el pensamiento crítico y la capacidad de aprender a aprender.
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Vivir la infancia sin quemar etapas dan solidez y seguridad al niño.
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El establecimiento de conexiones reales consigo mismos, con el entorno y con los demás fomenta la capacidad de colaboración y adaptabilidad.
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La alegría fomenta el optimismo y la acción.
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No se trata de prepararles para un mundo que aún no existe, sino de acompañarles a ser plenamente niños hoy. Porque un niño que juega, explora, se siente amado y respetado, será un adulto capaz de crear, adaptarse, pensar y convivir.
El futuro se construye con raíces fuertes y alas libres.













